Lo que tres años grabando un documental en Irlanda me han enseñado
Detrás de cada plano hay kilómetros recorridos, días de lluvia, cambios de última hora y mucho más trabajo del que aparece en pantalla.

En 2019, con apenas 18 años recién cumplidos, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: irme a vivir a Dublín durante unos meses. Mi objetivo era mejorar mi inglés, salir de mi zona de confort y aprender a ser más independiente.
Sin saberlo, aquel viaje acabaría marcando el rumbo de muchos de los proyectos que vendrían después.
Fueron unos meses increíbles. Irlanda me regaló mucho más que un idioma. Conocí personas de todas partes del mundo, hice amigos de Irlanda, Chile, Japón, Corea del Sur, Italia y muchos otros lugares, y aprendí a desenvolverme lejos de casa. Fue una etapa de crecimiento personal que todavía recuerdo con muchísimo cariño.
Y fue precisamente allí donde conocí a Álvaro.

La primera vez que coincidimos fue haciendo uno de sus free tours por Dublín. Lo que comenzó como una simple visita guiada terminó convirtiéndose en una amistad que, años después, daría lugar a Irlanda Oscura, un proyecto documental que ya lleva más de tres años recorriendo algunos de los rincones más sorprendentes de la isla.
Mientras Álvaro investiga las historias, prepara las rutas y las comparte frente a la cámara, mi trabajo consiste en darles forma a través de la grabación, la fotografía y la edición. Es un proyecto conjunto en el que ambos aportamos nuestra visión para crear una forma diferente de descubrir Irlanda.
Pero si hay alguien que también forma parte de esta aventura, esa es Esther.

Siempre digo que es mi «mamá en Irlanda». Desde el primer día nos ha cuidado como si estuviéramos en casa, apoyando cada viaje, cada rodaje y cada nueva idea. Su ayuda muchas veces ocurre entre bambalinas, pero ha sido fundamental para que todo salga adelante. Tener a alguien que siempre está dispuesto a echar una mano, preocuparse por nosotros y celebrar cada paso que damos hace que trabajar allí sea todavía más especial.
Después llegan los viajes, las madrugadas, los kilómetros recorridos, los cambios de tiempo en cuestión de minutos y todas esas situaciones que nunca aparecen en pantalla. Un castillo cubierto por la niebla, una tormenta inesperada o una localización llena de turistas pueden obligarte a cambiar los planes por completo.
Y precisamente ahí está una de las mayores lecciones que me ha dejado este proyecto: en un documental no puedes controlar todo lo que ocurre. Hay que aprender a adaptarse, improvisar y aprovechar cada oportunidad que ofrece el momento.
Después de tres años puedo decir que Irlanda Oscura me ha hecho crecer muchísimo, tanto como filmmaker como a nivel personal. Me ha enseñado que detrás de un documental no solo hay cámaras y edición. Hay confianza, amistad, trabajo en equipo y muchas horas compartidas.
Cuando miro atrás, me doy cuenta de que todo empezó con una decisión bastante sencilla: comprar un billete de avión para aprender inglés.
Nunca imaginé que aquel viaje acabaría regalándome una segunda familia en Irlanda y uno de los proyectos más especiales de mi vida.

